lunes, 2 de mayo de 2011

Palabras sueltas (I): cadáver, gueto y bonzo

Según la lacónica definición del diccionario de la RAE, un cadáver es –simplemente– un cuerpo muerto. Sobre el origen etimológico de esta palabra corren verdaderas leyendas urbanas que lo relacionan con un acrónimo creado por las primeras sílabas de una frase en latín que los romanos –presuntamente– utilizaban en las sepulturas: caro data vermibus; es decir, carne entregada a los gusanos. Esta anécdota es falsa: el término procede del verbo cadere (caer) y debemos entenderlo en el sentido de “caído”, en contraposición con los que están vivos (firme: de pie) o a medio camino entre ambos estados (in-firme: enfermo). Además, los romanos preferían incinerar los cuerpos que inhumarlos.

En cuanto a la segunda palabra, el DRAE define gueto con varias acepciones: judería marginada dentro de una ciudad y barrio o suburbio en que viven personas marginadas por el resto de la sociedad. El término tiene su origen en la palabra italiana ghetto, con la que se designaba a un barrio poco poblado de Venecia en el que habían vivido los fundidores (ghettare: fundir). A comienzos del siglo XVI, en plena crisis de identidad, las autoridades de esta República Serenísima decidieron que todos los judíos se fuesen a vivir a Ghetto, donde acabaron hacinados. Con el tiempo, aquella voz se extendió al resto de Italia, Europa del Este y, desgraciadamente, a la Alemania nazi, donde acabaron sirviendo de antesala para los campos de exterminio.

Para concluir estas palabras sueltas, la locución quemarse a lo bonzo es definida por la Academia como rociándose de líquido inflamable, y prendiéndose fuego en público, en acción de protesta o solidaridad. El 11 de junio de 1963, un monje budista –a los que se denomina bonzos– llamado Thich Luang Duc, de 66 años, se suicidó en una de las principales calles de Saigón (Vietnam), prendiéndose fuego como protesta por la represión del gobierno contra su comunidad religiosa y pidiendo la igualdad de todos los credos. Durante su inmolación –sentado sobre un cojín y orando en la postura de la flor de loto– permaneció impasible entre las llamas que lo consumieron sin emitir ningún sonido hasta que murió. Ese es el sentido original de esta expresión: si alguien pretende suicidarse rociándose de gasolina al tiempo que grita, rueda por el suelo o trata de apagar la combustión, no se está suicidando a lo bonzo; simplemente, se ha prendido fuego. Sólo es "a lo bonzo" si el suicida tiene la sangre fría de mantenerse imperturbable mientras se le va la vida.

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