viernes, 14 de octubre de 2011

Los cinco magnicidios de la España contemporánea

Durante este periodo histórico, cinco Presidentes del Gobierno español fueron asesinados en poco más de un siglo; en los 104 años que van del magnicidio del general Prim, al que un grupo de más de una docena de embozados, como se decía por aquel entonces, disparó contra su carruaje el 27 de diciembre de 1870, hasta el atentado de ETA que voló el coche del almirante Carrero Blanco, en pleno barrio de Salamanca (Madrid), el 20 de diciembre de 1973; pasando por los asesinatos de Antonio Cánovas del Castillo, José Canalejas y Eduardo Dato.

A día de hoy, el único de estos crímenes que aún permanece impune es el primero de ellos. Juan Prim –uno de los monárquicos revolucionarios que destronó a Isabel II pero que tuvo que elegir la persona del rey porque estableció la monarquía como forma de gobierno– murió tres días después del atentado, el 30 de diciembre de 1870, a causa de las infecciones en las heridas provocadas por los ocho disparos que recibió. A ciencia cierta, se desconoce tanto la autoría del crimen (si fue orquestado por un grupo político de absolutistas o republicanos; por algún complot de masones e incluso por los revolucionarios cubanos que luchaban por la independencia de la isla) como el verdadero motivo de aquella conjura que se produjo en uno de los momentos más convulsos de la España decimonónica, cuando acababa de promulgarse la Constitución de 1869 (el texto más completo y avanzado que habíamos tenido hasta ese momento) y se había nombrado rey a Amadeo I (que llegó a Madrid justo para dar el pésame en el entierro de Prim) restaurando una efímera monarquía que, a su vez, dio paso a la aún más breve I República.

El 3 de enero de 1874, el general Pavía disolvió la Asamblea republicana e inició el periodo de la Restauración. Hasta que se proclamó a Alfonso XII como nuevo rey, el malagueño Antonio Cánovas del Castillo –un hábil político al estilo inglés– se encargó primero de la regencia y después del Gobierno. A diferencia del anterior magnicidio, Cánovas fue asesinado por un único hombre, el periodista italiano Michele Angiolillo, el 8 de agosto de 1897, en el balneario guipuzcoano de Santa Águeda, mientras el presidente leía un periódico sentado en un banco. Primero le dio un tiro en la sien derecha y, según se desplomaba el cuerpo al suelo, le volvió a disparar dos veces más, en el pecho y la espalda. El motivo fue su ideología anarquista, enmarcado en una época muy violenta (bomba en el Liceo de Barcelona, doble atentado contra el rey, la Mano Negra en Andalucía, disturbios, etc.) le disparó para vengar el fusilamiento de sus camaradas en Montjuich ocurrido el verano anterior. El asesino fue juzgado y condenado a morir ejecutado en el garrote vil, apenas doce días después del crimen, el 20 de agosto de 1897.

A comienzos del siglo XX, el ferrolano José Canalejas y Méndez –un político progresista y anticlerical al que, en su época, se le tildó de radical y atrevido– tuvo un gran enfrentamiento con los sectores más católicos del país y con el propio Vaticano a raíz de aprobar la llamada Ley del Candado que impedía establecer nuevas órdenes religiosas; decisión que provocó un clima de auténtica crispación social. El 12 de noviembre de 1912, el presidente Canalejas se detuvo en el escaparate de una librería de la Puerta del Sol donde el anarquista aragonés Manuel Pardiñas le disparó también en la cabeza; cuando los guardaespaldas del Jefe de Gobierno estaban a punto de capturarlo, el asesino se suicidó pegándose dos tiros con su pistola Browning.

El cuarto magnicidio tuvo lugar junto a la Puerta de Alcalá, en Madrid, el 8 de marzo de 1921. Tres individuos que viajaban en una moto con sidecar se aproximaron al coche oficial del presidente Eduardo Dato y agotaron los cargadores de sus Mauser alcanzándole con siete proyectiles. Los asesinos fueron capturados por una mera casualidad del destino: un policía oyó a un agricultor quejarse de que una moto con sidecar, que pasó a toda velocidad, estuvo a punto de atropellar a su mula; se trataba de los anarquistas catalanes Pere Mateu, Ramón Casanellas y Luis Nicolau, miembros de un comando de la CNT que pretendía vengar la represión del Gobierno contra los obreros de Barcelona. En octubre de 1923 fueron condenados a muerte pero Alfonso XIII conmutó la pena capital por cadena perpetua en febrero de 1924. Sorprendentemente, al proclamarse la II República fueron liberados: Casanellas falleció en 1933 en un accidente de moto; Nicolau, en una contienda de la Guerra Civil, en 1939; y Mateu en 1982, en el sur de Francia donde pasó el resto de su vida.

Por último, el cántabro Luis Carrero Blanco fue nombrado Jefe de Gobierno en 1973, cargo que –hasta ese momento– compaginaba el general Franco con la Jefatura del Estado. El 20 de diciembre de 1973, en la esquina de las calles Claudio Coello y Maldonado, la potente explosión de unos 100 kg de Goma-2 ocultos bajo una galería excavada en el suelo de la calle por los terroristas de ETA de la Operación Ogro, hizo volar por los aires el coche del almirante por encima de la fachada de un edificio de seis plantas, chocando con su cornisa y cayendo al patio interior.

6 comentarios:

  1. Algún que otro Rufián catalán se jactaría en un futuro de estar entre estos criminales que pasaron a la historia negra de España.

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  2. la fecha de este asesinato no es correcta, fue el 23 de diciembre de 1973, en la calle Claudio Coello.

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    1. Gracias por tu comentario Rafael; pero todas las fuentes documentales que consulté -y puedes comprobarlo en la hemeroteca de cualquier periódico- coinciden en fechar ese magnicidio el 20 de diciembre, no el 23; y ocurrió en la calle Claudio Coello junto al edificio que hace esquina con Maldonado. Gracias. Carlos

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  3. Gracias. Interesante información, aunque lo de Prim está todavía un tanto confuso. Creo que fue inspirado por los borbones, en concreto el duque de Montpensier. Los de Reus, patria de Prim, lo tienen muy claro.
    Y que Canalejas fuera anticlerical es más que dudoso. Tenía una capilla en su casa. Que estuviera en contra de la burocracia católica es otro problema.

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