miércoles, 18 de julio de 2012

El abogado de Caperucita Roja

Si hace unas semanas hablábamos de los hermanos Jacob y Wilhelm Grimm que, a comienzos del siglo XIX, abandonaron el ejercicio del Derecho para dedicarse a recopilar los relatos tradicionales que se narraban en Alemania; antes que ellos, el francés Charles Perrault ya había dejado la abogacía, a comienzos del XVII, para legarle al mundo la historia de una niña que llevaba una cesta de comida a casa de su abuelita, en medio del bosque donde habitaba el lobo feroz. El autor de una de las primeras y más conocidas versiones de Caperucita Roja nació en París en 1628, al tiempo que su hermano gemelo, François, en el seno de una acomodada familia de la burguesía.

Como sucedió con los Grimm, Charles también quiso continuar la tradición jurídica familiar porque su padre, Pierre Perrault, era abogado del Estado en el Parlamento de París; estudio Derecho en la capital francesa y llegó a colegiarse en 1651 pero el ejercicio duró muy poco tiempo porque, como él mismo llegó a reconocer, aquel oficio le aburría. Cuando colgó la toga, su hermano mayor, Pierre, recaudador de impuestos, le abrió las puertas de la Corte de Luis XIV, el rey Sol, para que ocupase un codiciado puesto burocrático de alto funcionario que le permitió participar en la elección del proyecto de reforma del Louvre.

En 1672, Perrault se casó con Marie Guichon y fueron padres de una hija y tres niños; pero su mujer falleció durante el parto del último varón, en 1678, y su muerte, unida al cansancio y la tensión de trabajar en Palacio, le llevaron a abandonar la vida pública, para cuidar de sus hijos y retomar su afición por la literatura. Con 55 años reunió las Historias y cuentos de tiempos pasados que él mismo les contaba a sus hijos y los publicó atribuyendo la autoría a Mamá Oca, el personaje que narraba aquellas fábulas tan clásicas como Caperucita Roja, La ratita presumida, La bella durmiente, Pulgarcito o El gato con botas.

El padre del nuevo subgénero de los cuentos de hadas falleció en París en 1703, regalándonos unas historias, más sombrías e inquietantes que las que posteriormente recopilarían los hermanos Grimm, pero que solían terminar –después de la habitual metáfora– con un final feliz.

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