miércoles, 2 de enero de 2013

Romanones y el duro de Camarasa

Comenzamos el año con una de mis historias favoritas. El primer Conde de Romanones, el madrileño Álvaro de Figueroa y Torres (1863-1950), fue abogado, escritor, empresario y –sobre todo– un político liberal que alcanzó las más altas instancias del Estado porque llegó a presidir el Consejo de Ministros durante el convulso reinado de Alfonso XIII (monarca que no solo reinaba sino que gobernaba) y a ser presidente de ambas cámaras legislativas, tanto del Congreso como del Senado; además de diputado a Cortes, ministro en varios departamentos (incluyendo Justicia) y alcalde de Madrid. Como jurista, Figueroa se había licenciado en Derecho en la antigua Universidad Central (antecedente de la actual Complutense) y obtuvo el doctorado en Bolonia (Italia) antes de regresar a España para colegiarse como abogado en la capital donde, al poco tiempo ya había logrado –como él mismo reconoció en sus Memorias– una clientela numerosa, pero poco lucida defendiendo a toda clase de procesados: por robo, violación, estafa, adulterio, homicidio, asesinato (…) delitos de imprenta (…) y sólo dos causas de notoriedad. Una de ellas fue la defensa del francés Hillairaud por intentar matar al mariscal Bazaine en Metz [Romanones alegó la eximente de locura y el estado de los espíritus en Francia; pero, finalmente, el acusado fue condenado a cumplir 9 años de reclusión en el presido de Cartagena (Murcia)]; y la otra causa perdida de antemano fue uno de los procesos más mediáticos de finales del siglo XIX: el llamado Crimen de la Guindalera, de 1886.

En este barrio del extrarradio de Madrid, el desdichado Vicente Camarasa degolló con una faca (cuchillo curvo muy habitual en aquel tiempo) a Felipe Iglesias, marido de Federica Pozuelo, por sugestión de ella y de su amante, Pedro Cantalejo, a cambio de pagarle un precio de siete pesetas. Los esfuerzos de la defensa resultaron inútiles y los tres acusados fueron condenados a muerte: ellos por asesinato y la mujer por parricida; llevándose a cabo la ejecución el 11 de abril de 1888 en lo que debió ser todo un acontecimiento social porque aquel ajusticiamiento también sirvió para estrenar el patíbulo de la nueva cárcel Modelo. El joven Pío Baroja, que entonces estudiaba Medicina en Madrid, presenció la pena capital y, como era tan aficionado a los personajes desdichados, con el tiempo llegaría a describir aquella ejecución en sus obras.

Coincidiendo con aquellos fracasos en los tribunales, Figueroa logró el acta de diputado por Guadalajara y decidió abandonar el ejercicio de la abogacía porque aquellas sentencias aumentaron su desamor por la profesión “amenguando” su fe en la justicia humana. Pero la vida da muchas vueltas.

Sucedió que el Conde de Romanones no había podido cobrar ningún honorario por la defensa de Camarasa y que éste, antes de ser ahorcado, le confesó que una de sus mayores contrariedades era, precisamente, irse a la tumba sin haberle podido pagar aquella deuda. Años más tarde, cuando el aristócrata ya era alcalde de Madrid, ordenó llevar a cabo una monda en el cementerio municipal del Este. Esta operación consistía en exhumar los restos humanos de las sepulturas que no fueran perpetuas para recoger los huesos y depositarlos en una fosa común. El conserje del cementerio, al que Figueroa había colocado en aquel puesto, se presentó un día en su despacho del Ayuntamiento lleno de satisfacción, para entregarle una pieza de cinco pesetas, muy ennegrecida, casi de color del azabache, diciéndole: He aquí el importe de una minuta que usted nunca pensaría cobrar. Romanones cogió la moneda y, al preguntarle que quién era el cliente, le respondió que al hacer la monda del cadáver de Camarasa, aquel duro se había caído de la faja que vestía el muerto.

Aunque no creía en amuletos, Romanones guardó en su bolsillo ese que fue tan difícil de obtener y lo llevó consigo durante mucho tiempo, coincidiendo con años de gran suerte, hasta que, del uso, la moneda recuperó su color e inadvertidamente se la dio a alguien, mezclada con otras.

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