lunes, 3 de junio de 2013

¿Demasiado azar? (II): los magnicidios de Garfield y McKinley

Hay que reconocer que algunas historias reales resultan más difíciles de creer que muchos relatos que sólo son fruto de la imaginación pero, como ya sabemos, de vez en cuando, la realidad supera a la ficción. Un buen ejemplo fue lo que sucedió a partir del 2 de julio de 1881, cuando el abogado Charles Julius Guiteau disparó dos balas contra el vigésimo presidente de los Estados Unidos, el jurista y político republicano James Abram Garfield, hiriéndolo a las 09h30 mientras paseaba en compañía de unos amigos y dos de sus hijos por las calles de Wáshington, camino del Williams College donde tenía que pronunciar un discurso. En principio, las heridas sufridas en el atentado no parecían revestir mayor importancia pero, finalmente, Garfield falleció el 19 de septiembre tras dos meses y medio de agonía plagada de despropósitos. Su muerte lo convirtió en la segunda víctima de un magnicidio en la historia de este país, tras el conocido asesinato de Abraham Lincoln, en 1865.

Garfield (1831-1881) fue investido en el cargo apenas unos meses antes de recibir los disparos, el 4 de marzo de 1881, por lo que su mandato ha sido uno de los más breves de la Casa Blanca. El escritor y periodista Gregorio Doval ha recreado perfectamente sus últimos momentos: el presidente (…) pudo haber sobrevivido a su atentado sólo con que lo hubieran dejado tranquilo con la bala dentro. Los galenos pasaron ochenta días tratando de sacársela y eso fue fatal. Uno de ellos insertó una sonda, creando una nueva herida cuya trayectoria confundirá a los otros médicos. Otro metió su mano hasta la muñeca y, accidentalmente, perforó el hígado del presidente. Finalmente se recurrió al inventor Alexander Graham Bell (…) para que crease a toda prisa un instrumento localizador de metales dentro del cuerpo humano. La máquina (…) no fue eficaz en el propio lecho en que yacía Garfield y nadie cayó en la cuenta de retirar el colchón de muelles metálicos sobre el que reposaba el cuerpo herido del presidente [DOVAL. G. Los grandes asesinos de la historia. Madrid: Alba Libros, 2012, p. 190].

Cuando murió, la autopsia reveló que el proyectil alojado en su cuerpo no habría supuesto ningún riesgo para su vida. Un año después, Guiteau fue juzgado por magnicida y ejecutado el 30 de junio de 1882 en la horca a pesar de proclamar que él tan solo había herido al presidente, sin llegar a matarlo.

El 25º presidente de los EE.UU., William McKinley, se convirtió en el tercer Jefe de Estado asesinado –tras Lincoln y Garfield– cuando recibió en el abdomen una de las dos balas que el anarquista de origen polaco Leon Czolgosz le disparó con su revólver, durante la visita institucional al Temple of Music de la Exposición Panamericana de Búfalo. Ocurrió la tarde del 6 de septiembre de 1901, McKinley falleció ocho días después y, en apenas mes y medio, su asesino fue juzgado y condenado a morir en la silla eléctrica de la célebre prisión neoyorquina de Auburn, el 29 de octubre de 1901.

El azar también quiso intervenir en la operación de este corpulento presidente complicándola mucho más allá de lo debido: lo llevaron al botiquín de la Feria (un pequeño dispensario que, aunque tenía quirófano, estaba más preparado para curar lipotimias que heridas a vida y muerte, por lo que ni contaba con cirujanos ni disponía del material clínico adecuado); el mejor especialista de la ciudad se encontraba operando a una paciente en otra localidad y no pudo llegar a tiempo y, finalmente, el equipo médico que acabó interviniéndole –entre ellos, un ginecólogo– tuvieron que abrirle a media tarde, sin luz eléctrica, para tratar de extraer el proyectil; como no lo encontraron, volvieron a cerrarle el abdomen, lo cosieron y McKinley acabó muriendo de gangrena (algo que entonces, ya no era tan habitual). Curiosamente, en la Exposición se mostraba al público un aparato de Rayos X que no quisieron utilizar para localizar la posición de la bala dentro del cuerpo por temor a que pudiera tener efectos secundarios.

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