lunes, 4 de diciembre de 2017

Los magnicidios frustrados de la España contemporánea

Juan Prim, Antonio Cánovas del Castillo, José Canalejas, Eduardo Dato y Luis Carrero Blanco fueron los cinco presidentes del Gobierno español que murieron asesinados, en poco más de un siglo, como ya tuvimos ocasión de comentar en otro in albis. A lo largo de esa misma época también hubo diversos intentos de magnicidio contra la Casa Real española; como recuerda el periodista Juan Cantavella: (…) durante ciento diez años –los que van desde 1816 a 1926– todos los monarcas españoles [han visto] peligrar su existencia por la acción de individuos o grupos que han trabajado para privarlos de ella. En ese periodo, las únicas que se salvan de tan bárbara persecución son las dos reinas regentes, María Cristina de Borbón y Cristina de Habsburgo-Lorena (…); apreciándose una intensificación en el primer cuarto del siglo XX, cuando entra en escena el anarquismo y se producen una serie de peligrosos embates, fruto de la conspiración y de la acción desesperada en los que sorprende el ensañamiento con que se persigue a los Alfonsos, el duodécimo y el decimotercero, acosados por pistoleros y hostigados por la metralla cuando las bombas hacen su aparición como instrumento de violencia [1].

Con el regreso del absolutismo al trono de Fernando VII, el abogado alicantino Vicente Ramón Richart encabezó la denominada Conspiración del Triángulo, formada por células de tres personas que desconocían la existencia de otros integrantes, para organizar el secuestro del monarca deseado y obligarlo a proclamar la Constitución de Cádiz de 1812, pero fue delatado por el Teniente de Caballería Juan Baño, detenido la noche del 5 al 6 de octubre de 1815, juzgado por un delito de lesa majestad y condenado a muerte de horca con la calidad de ser arrastrado desde la cárcel al patíbulo –junto al barbero Baltasar Gutiérrez como auxiliante de la conspiración– siendo ambos ahorcados en la Plaza de la Cebada, de Madrid, el 6 de mayo de 1816. A continuación, el verdugo les cortó la cabeza para colocarlas a quinientos pasos de distancia de la puerta de Alcalá en el Camino Real.

Tres décadas más tarde, el abogado gallego Ángel de la Riva disparó dos tiros a Isabel II el 4 de mayo de 1847, en la madrileña calle de Alcalá. Al año siguiente, a pesar de que su defensa -a cargo de Manuel Pérez Hernández- solicitó la libre absolución, el acusado fue condenado a muerte por aquella tentativa de regicidio pero el 24 de julio de 1849, la monarca mostró clemencia y lo indultó.  Durante su juicio se defendió la idea de que esta causa (*) se formó sobre un hecho que desde los principios de la Edad Media no ha tenido lugar en España, porque ningún español desde aquella época turbulenta ha asestado sus tiros contra la sagrada persona del monarca. dato que resulta en parte erróneo porque, aunque no fue con un arma de fuego, Juan de Cañamares sí que intentó matar a Fernando el Católico con una espada, en Barcelona, el 7 de diciembre de 1492.

También el “Cura Merino” quiso acabar con la vida de la reina el 2 de febrero de 1852, cuando la monarca salía de la capilla del Palacio Real, llevando en brazos a la pequeña Isabel la Chata, Princesa de Asturias, para dirigirse a la basílica de Atocha. Era la una de la tarde cuando al dar la vuelta al ángulo que corresponde al salón de las columnas, irrumpe un clérigo que parece ofrecerle un pergamino. La reina, sorprendida, le dice: «Pues, padre, ¿qué quiere?», momento en que Martín Merino Gómez intentó darle muerte con un puñal que llevaba oculto en el mismo papel que semejaba er un memorial, produciéndole una leve herida [2] que no fue más grave gracias a su corsé. Detenido por los alabarderos de la guardia, mientras la reina era reconocida por los médicos y se recuperaba de los cortes sufridos, el sacerdote riojano fue interrogado en la prisión del Saladero –ante el juez Pedro Nolasco y asistido por el defensor de oficio, Julián Urquiola, que intentó alegar enajenación mental– para que confesara si tuvo cómplices; extremo que negó en todo momento, incluso camino del cadalso, a lomos de un burro, donde el anciano fue ejecutado cinco días más tarde, vestido con un birrete amarillo, como era habitual entre los parricidas condenados a muerte (los soberanos eran considerados “padres” de todos sus súbditos, de modo que atentar contra ellos se asemejaba a haber querido acabar con la vida de un progenitor).

Isabel II aún sufrió una nueva conspiración, en 1856, cuando Pedro Redondo y Marqués quiso contratar a Ramón Fuentes para que la matara a cambio de dinero pero éste lo denunció.

Incluso el efímero rey Amadeo I fue víctima de un intento de asesinato que se narró en la Gaceta de Madrid (precedente histórico del BOE) al día siguiente, el 19 de julio de 1872: Al retirarse SS. MM. anoche á Palacio, unos cuantos hombres apostados en la calle del Arenal les hicieron una descarga con trabucos y rewolvers [sic], del que afortunadamente salieron ilesos [el rey y su esposa, María Victoria]. Las disposiciones preventivas tomadas por las Autoridades habían sido tan precisas, que uno de los autores del atentado quedó muerto en el acto por los Agentes de Orden Público, y presos otros tres en las inmediaciones del sitio. Hay además varios detenidos: prosíguense las diligencias con gran actividad, y es de esperar que todos los culpables caigan en poder de la Autoridad y sean conocidos los móviles é instigadores de tan horrible crimen. SS. MM. han manifestado una extraordinaria serenidad (…) Hay tranquilidad completa en la población, que ha recibido con indignación la noticia del atentado.
 
Dos veces –en 1878 y 1879– atentaron contra Alfonso XII sendos anarquistas, que además de fracasar en su acción pagaron con su vida –gustosos, al parecer– lo que ellos se consideraban obligados a intentar [3]. El primero se produjo el 25 de octubre de 1878 cuando el joven tonelero catalán Juan Oliva Moncasi le disparó a su paso por el nº 93 de la calle Mayor, de Madrid, errando los dos tiros (fue detenido, juzgado y condenado al garrote vil tras confesar que aquella no había sido la primera vez que lo intentaba; se le ejecutó el 4 de enero de 1879). El segundo atentado tuvo lugar en el parque madrileño del Retiro, el 30 de diciembre de 1879. En esta ocasión, el soberano estaba paseando con su segunda esposa, Cristina de Habsburgo-Lorena, momento que aprovechó el panadero gallego Francisco Otero González para dispararles, casi a bocajarro, con su Lafaucheux (el mismo modelo de pistola que empleó Oliva y con idéntico resultado). Aquel elemento de podredumbre de la sociedad e insensato, como se refiró al agresor la Gaceta del posterior 6 de enero, fue ejecutado el 14 de abril de 1880 a pesar de que el propio Alfonso XII quiso indultarlo pero se opuso Cánovas del Castillo.

Durante su juicio –que se inició el 7 de febrero, sus abogados defensores trataron de defender la irresponsabilidad del reo, aludiendo al diagnóstico psiquiátrico emitido por los peritos de la defensa [los facultativos José Esquerdo y Ramón Félix Capdevila], cuyos argumentos estaban basados en cuatro pilares: el físico del frustrado regicida, sus capacidades intelectuales, sus sentimientos y la herencia. La descripción física de las facies de Otero, el escaso desarrollo de su inteligencia, apreciable en la escasa fluidez del lenguaje y la pobre destreza al escribir y los sentimientos primitivos, o la pervivencia, únicamente, del instinto de defensa o el de agresión fueron argumentados por Esquerdo y Capdevila en el dictamen pericial. (…) El abogado defensor apoyó el diagnóstico de imbecilidad citando ciertas observaciones de Guillaume M. A. Ferrus (…) sobre la torpeza de los pacientes imbéciles. Ferrus, discípulo de Esquirol, había organizado el servicio de niños idiotas de Bicêtre [4]. Este juicio fue uno de los primeros casos en los que se buscó el reconocimiento de la psiquiatría, en España, como una rama de la Medicina especializada en las enfermedades mentales; inspiró a Benito Pérez Galdós para describir al personaje de Mariano Rufete, alias Pecado, en su novela La Desheredada.
 
Alfonso XIII sufrió varios ataques terroristas –el más terrible el día de su boda– y ante ellos nunca perdió los nervios: al contrario, mostró gran templanza y evitó que cundiera el pánico a su alrededor. (…) Tampoco dudó en asistir a pecho descubierto a los entierros de Canalejas y Dato, asesinados por anarquistas [5]. La boda del rey con Victoria Eugenia de Battenberg se celebró el 31 de mayo de 1906 en la madrileña iglesia de los Jerónimos; al retornar, la comitiva real sufrió, en la calle Mayor, un atentado, perpetrado por el anarquista Mateo Morral, que se saldó con el balance de cuarenta heridos y veintiocho muertos [6], al estallar una bomba modelo “Orsini” que el catalán lanzó al cortejo nupcial desde un cuarto piso. La versión oficial –que plantea numerosas lagunas– apunta a que el regicida se suicidó el 2 de junio de 1906 cuando iba a ser detenido en Torrejón de Ardoz (Madrid), tras matar al guardia que lo conducía al cuartelillo.


Siete años más tarde, el 13 de abril de 1913, cuando el rey regresaba a palacio tras asistir a una jura de bandera, sufrió un nuevo atentado a la altura del nº 48 de la calle Alcalá, en Madrid. El carpintero aragonés Rafael Sancho Alegre le disparó con un revólver, falló y fue detenido por los agentes de la policía. En julio de ese mismo año se celebró el juicio al anarquista, defendido por el abogado Eduardo Barriobero y Herrán, y fue condenado a muerte pero, por iniciativa real, su pena se le conmutó por la de cadena perpetua que cumplió hasta la II República.

Por lo que se refiere al periodo de la dictadura de Francisco Franco, mientras unos autores afirman, con rotundidad, que no hay un solo atentado contra el general Franco que esté plenamente confirmado (…). Sí se ha sostenido (…) que se prepararon varios (…) pero ninguno de ellos fue consumado ni puede decirse que esté completamente demostrado [7]; en cambio, otros expertos consideran que: (...) Desde la terminación de la guerra [civil] hasta 1964 en que trascienden los rumores sobre el declive físico del general, se sucedieron no menos de cuarenta atentados contra el Jefe del Estado. La cifra es provisional. Son los intentos que hemos podido detectar, aunque es más que probable que se produjeran otros proyectos de atentados [8]. En esa misma línea, Antoni Batista escribió Matar a Franco. Los atentados contra el dictador, en 1995, donde se recrea, especialmente en el atentado que hubiera tenido más probabilidad de éxito, en el Palacio de Ayete, San Sebastián, agosto de 1962.

PD: en ese mismo periodo, recordemos que en el mundo se produjeron otros atentados contra jefes de Estado y de Gobierno, como los presidentes Abraham Lincoln, James Abram Garfield o William McKinley en EE.UU.; el rey Humberto I de Italia; los atentados de Marsella o el del archiduque Francisco Fernando en Sarajevo. En este ámbito, según el Libro Guinness de los Récords, Charles de Gaulle posee el récord de haber sufrido 31 intentos de asesinato. La novela “Chacal”, de Frederick Forsyth (…) presenta una imagen cercana de hasta qué punto la gente persiguió dicho propósito [9].
 
Citas: [1] CANTAVELLA, J. Un siglo de atentados reales. Barcelona: Planeta, 1996, pp. 9 y 10. [2] CORREA GAMERO, M (Dtor). Policía española. Notas e imágenes. Barcelona: Lundwerg Editores, 1999, p. 39. [3] CANTAVELLA, J. Ob. cit., p. 121. [4] CONSEGLIERI, A. y VILLASANTE, O. “La imbecilidad como exención de responsabilidad: el peritaje de Esquerdo en el proceso judicial de Otero”. En FRENIA, vol. VII-2007, pp. 218-220. [5] MORENO LUZÓN, J. “El rey de papel”. En MORENO LUZÓN, J, (ed.) Alfonso XIII. Un político en el trono. Madrid: Marcial Pons, 2003, p. 38. [6] GONZÁLEZ CUEVAS, P. C. “El rey y la corte”. En MORENO LUZÓN, J, (ed.) Ob. cit. p. 196. [7] BARDAVÍO, J. y SINOVA, J. Todo Franco. Barcelona: Plaza y Janés, 2000, p. 65. [8] BAYO, E. Los atentados contra Franco. Barcelona: Plaza & Janés, 1976, p. 16. [9] AA.VV. Libro Guinness de los Récords 1994. Madrid: Jordán, 1993, p. 95.

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